martes, 14 de julio de 2020

San Francisco




—Cuéntanos otra vez la historia de cómo se conocieron papá y mamá.

Esa noche me senté en el diván de cuero, con mi hermana de tres años acurrucada a mi costado. Los cuatro años que me separaban de ella me hacían sentir indebidamente responsable por ella. Nuestra abuela, una mujer de aspecto siempre cansado pero dulce y amable de espíritu, se dejó caer en su asiento frente a la chimenea.

—Veamos… Ocurrió en San Francisco, donde ambos vivían entonces, unos cuatro años antes de que tú nacieras, Oliver. —Le sonreí, esperando a que continuara con el relato—. Coincidieron en una conferencia sobre pediatría en el Hotel St. Regis.

—¿Pedatía?

—Pediatría, cariño —corrigió la abuela a Helen, con una desgastada sonrisa comprensiva—. Los pediatras son los médicos que atienden a los niños. Como la tuya, la doctora Vázquez, ¿comprendes?

Helen afirmó con la cabeza, al tiempo que profería un bostezo. La abuela retomó la historia.

—Por casualidad, se sentaron juntos en el auditorio del hotel. Estuvieron hablando durante la conferencia, y al terminar cenaron juntos. Empezaron a conocerse el uno al otro, y con el paso de los meses se enamoraron. No tardaron en casarse, y cuando tú naciste, Helen, se mudaron a la casa de las afueras, donde vivisteis casi tres años.

—Y fue entonces cuando…

No terminé la frase. El rostro de la abuela se había contraído de pronto y parecía que una sombra se hubiera posado sobre sus ojos. Desvió su atención hacia el suelo y, al cabo de unos instantes, volvió a mirar hacia nosotros con los ojos llorosos.

—Entonces vinisteis a vivir conmigo, sí. Pero si queréis que os la cuente con más detalle, tendrá que ser mañana. Es tarde y tenéis que despertaros temprano. A la cama.

Sacudí delicadamente a Helen por el brazo y le ayudé a levantarse conmigo para dar un beso de buenas noches a la abuela. Tras despedirnos de ella, tal como había hecho a diario desde el accidente, me despedí en silencio de la foto sobre la chimenea, desde la que papá y mamá nos deseaban dulces sueños con una enorme sonrisa desde San Francisco.



Imagen: https://images.app.goo.gl/ViBED3omxpcHWDpz9

De limpieza






¡Mierda, Robert! ¿Qué has hecho?

Al entrar por la puerta, Will descubrió el cuerpo inerte. La joven mujer yacía sobre el sofá, con un brazo colgando por el borde hasta acariciar la madera del suelo. Un par de mechones de pelo castaño se descolgaban sobre su rostro, ocultando parcialmente sus rasgos perfilados.

¡Ha sido un accidente, Will, te lo juro!

Robert se asomó por encima del hombro de su hermano, contemplando casi sin querer una vez más el resultado de su última insensatez. Sabía que debía controlarse, pero no había podido evitarlo. Cuando la noche anterior entró en aquel bar en la ciudad, el aura angelical de aquella mujer lo capturó desde el primer instante.

Está bien accedió Will, el mayor y más sensato de ambos—. Tenemos que deshacernos de ella. No puede quedar ningún rastro.

Robert asintió y se dispuso a cerrar todas las puertas y ventanas. Para contrarrestar la oscuridad que se adueñó del interior de la cabaña, accionó el interruptor de la pared, encendiendo el trío de vacilantes bombillas heterogéneas del techo.

—¿Qué propones que hagamos? Tal vez podríamos tirarla al lago. Apenas está a cien metros de aquí.

Will se aproximó a una de las ventanas y descorrió la cortina, abriéndose un hueco en una esquina. Al otro lado, bajo el sol de mediodía, contempló el lago artificial, más o menos a la distancia que había dicho Robert. En medio de aquel remanso vacacional, aquella masa de agua constituía la principal atracción en temporada alta. Faltaban todavía un par de meses para que este período llegara, así que lo más probable era que estuvieran completamente solos. Resultaba factible.

Justo antes de retirarse de la ventana, la puerta de la casa de enfrente se abrió. Una figura se asomó al porche, envuelta en una gruesa bata de casa. Alzó una mano y saludó, directamente hacia Will, que se apresuró a volver a cubrir la ventana.

—¿Qué ocurre? —preguntó Robert, sorprendido por el gesto de su hermano.

Es la señora Chapman. Me ha visto, así que el lago ya no nos sirve. Podría vernos con el cuerpo.

¿Y si la despiezamos y la metemos en el congelador, como en las películas?

¿De veras te lo planteas seriamente?

La réplica de Will mostraba un claro matiz de incredulidad. Robert volvió a observar a la chica. Rachel, le parecía que se llamaba. A su mente retornaron entonces las imágenes de su cuerpo arqueándose sobre él, ambos tumbados sobre el asiento trasero de su coche. Inconscientemente, bordeó con la lengua su labio superior, pareciéndole captar el sabor de su boca, todavía impregnado en este. No, no sería capaz de hacerlo.

Tienes razón accedió.

Pero en una cosa tienes razón. Tenemos que deshacernos de ella aquí mismo. No podemos sacarla.

Eso complica las cosas afirmó con desilusión Robert.

¿Qué quieres decir?

Will, estamos en una cabaña de apenas veinte metros cuadrados. Todo lo que hay aquí es lo que ves.

El hermano mayor giró sobre sí mismo, repasando con la mirada toda la estancia. Además del sofá-cama en el que yacía la chica, una diminuta cocina de gas, una mesa redonda de madera con un par de sillas y un retrete y una ducha tras un biombo constituían todo el mobiliario, además del congelador que previamente habían descartado.

La alfombra sugirió de pronto Will.

¿Qué le pasa a la alfombra?

Robert contempló desconcertado a su hermano agacharse hasta sujetar una de las esquinas de la amplia alfombra encartada junto a la pared.

Nos la llevaremos para lavarla le informó Will, con una satisfactoria sonrisa dibujada en los labios.

¿Lavarla? Ahora no tenemos tiempo para eso, tenemos que deshacernos…

Cállate y escucha, idiota —lo interrumpió el mayor—. Es solo la excusa. Enrollaremos la alfombra alrededor de la chica y la llevaremos hasta el coche. Si alguien nos pregunta, nos la llevamos a casa para lavarla.

¡Ah, ahora lo entiendo! ¡Qué listo eres, Will!

Alguien tenía que serlo murmuró este, comenzando a extender la alfombra. ¿A qué esperas, Robert? Ayúdame.

Entre los dos desplegaron el tapiz justo delante del sofá. Sujetaron a la chica por los brazos y los hombros y la hicieron girar sobre el borde del asiento. Su cuerpo se precipitó sobre la alfombra, aterrizando sobre ella con un golpe seco. La rodearon con uno de los extremos y la hicieron girar, hasta tenerla completamente envuelta.

¡Parece un burrito! exclamó Robert, jocoso.

¿Quieres callarte? Vas a conseguir que nos oigan. Vamos, coge por ese extremo.

Robert obedeció y sujetó la alfombra enrollada por el lugar indicado, cerca de la cabeza de Rachel. Will, tras comprobar que no dejaban rastro alguno de lo ocurrido en el interior de la cabaña, comenzó a avanzar a la cabeza, marcha atrás. Abrió la puerta y accedió al exterior, dispuesto a cubrir los veinte metros que los separaban del coche.

¡Espera!

Sin previo aviso, Robert soltó el bulto, que se precipitó al suelo con un nuevo golpe, y volvió a la casa. Sacó un juego de llaves del bolsillo y cerró la puerta, comprobando hasta tres veces haberlo hecho correctamente. Al volver a junto su hermano, este lo recibió con una nueva reprimenda.

¿Se puede saber qué acabas de hacer, pedazo de inútil?

Tenía que cerrarla.

Déjate de tonterías y coge por ahí. Acabemos de una vez con esta pesadilla.

¡Ya voy!

Entre los dos, volvieron a alzar a Rachel y la alfombra en el aire. Siguieron avanzando hasta el coche donde Will deslizó el pie bajo la defensa para que el portón automático se abriera. Ya casi lo habían conseguido. En solo unos segundos, estarían alejándose de aquel lugar.

Hola, Will. Hola, Robert.

En ese momento, desvió la vista hacia la casa de enfrente. La señora Chapman, ahora vestida con un ajustado chándal impropio de su avanzada edad, avanzaba hacia la acera con un carrito de tela sobre ruedas para la compra.

Buenos días, señora Chapman se limitó a responder Will, soltando su extremo de la alfombra en el interior del vehículo y disponiéndose a ayudar a Robert a imitarlo.

Nos llevamos la alfombra para lavarla en casa, señora Chapman.

Will le soltó un codazo a la altura de las costillas a su hermano, que se quejó con gruñido ahogado. La señora Chapman se percató del gesto, pero no le dio más importancia que la de algún tipo de riña privada entre los peculiares hermanos.

Buena idea, Robert —le respondió esta—. Hay que mantener siempre limpio el hogar.

Se despidió de ellos con la mano y enfiló la acera, rumbo al pequeño supermercado al final de la calle.

Como vuelvas a abrir la boca, te meto con tu amiguita en la alfombra amenazó Will a su hermano, mientras se dirigía al asiento del conductor.

Ambos entraron en el vehículo y permanecieron por unos instantes en silencio, contemplando el asfalto ante ellos.

¿A dónde la llevamos ahora? preguntó de pronto Robert.

¿Recuerdas el desfiladero en el parque Mayers, al que mamá no quería que nos acercáramos con las bicis de pequeños?

Sí, pero, ¿qué se supone que vamos a hacer allí con…?

Al ver la expresión en el rostro de su hermano, Robert comprendió cuáles eran sus intenciones. Sonrió él también y afirmó con la cabeza. Habían encontrado la forma de deshacerse del cuerpo.

En ese momento, por primera vez, se sintió culpable. Sabía que no había forzado a Rachel, pues había sido ella quien se había lanzado sobre él, devorándolo a besos. Pero tal vez no había controlado su fuerza cuando rodeó su cuello, tal vez no había sabido parar en el momento adecuado. Y ahora, ella estaba muerta, en el maletero de su coche.

El sonido del motor lo rescató de sus pensamientos. Sin mediar palabra, pusieron rumbo al camino forestal que moría en lo alto de un desfiladero, al fondo del cual el río descendía con fuerza entre rápidos. Allí esperaban poner fin a aquel inesperado inconveniente, sin saber que, entre los cojines del sofá de la cabaña, una incriminatoria pulsera de pequeñas perlas permanecía oculta, a la espera de ser descubierta.



Imagen: https://images.app.goo.gl/VgyQvMcfHy267NTp7 Nota: la imagen se corresponde con un fotograma de la película Colossal.

Hacia el cielo estrellado




La chica se detuvo al pie del faro. Aquel edificio cilíndrico de blancas paredes se extendía sin fin, apuntando hacia el cielo estrellado. En lo alto, la luz giratoria alumbraba cíclicamente la oscuridad alrededor del cabo. No parecía que hubiera nadie alrededor, así que abrió la puerta metálica y accedió al interior.

Una escalera de caracol de desgastados peldaños ascendía entre la columna central y la pared. Comenzó a subir, paso a paso, descubriendo innumerables declaraciones de amor pintadas en las paredes. Nombres de auténticos desconocidos y fechas que tenían algún significado para ellos, y que a ella solamente le hacían sentirse peor.

No tardó en llegar a la cúpula en la cima. En el centro, la potente bombilla resplandecía, rodeada por una plancha cilíndrica de metal que giraba a su alrededor, provocando que girase con ella el haz de luz que se proyectaba hacia el exterior a través de la vidriera.

La chica atravesó la puerta practicada en la pared de cristal y accedió al balcón exterior. Se subió al zócalo del que partía la barandilla de metal, al borde del abismo. A sus pies, contempló el vacío hasta la superficie en la base del faro y, más allá, la ladera rocosa del cabo que descendía hasta encontrarse con el mar embravecido.

—No lo hagas, por favor.

Se dio la vuelta y descubrió una figura recortada contra la luz de la lámpara. Cuando esta se desplazó, pudo reconocer la etérea figura de su amado, observándola a ella con expresión de temor en el rostro.

—Estoy harta de esta vida. No tiene sentido si tú no estás conmigo.

—Por favor, con esto no vas a arreglar nada.

—Pero pondré fin a esta agonía. No sabes lo que estoy sufriendo tu falta.

—Lo sé. Sé que te despiertas por las noches, con los ojos llenos de lágrimas, acariciando mi lado vacío de la cama. Sé que apenas sales de casa, que ni siquiera tu madre ha logrado que le dediques una sonrisa sincera. Pero créeme: así no vas a arreglar nada.

—No. He tomado esta decisión y no me voy a echar atrás ahora. Espérame dondequiera que estés.

Cerrando los ojos, la chica se dejó caer de espaldas. En la caída hacia el vacío, sintió cómo sus brazos la rodeaban con fuerza y gritó desesperada.

—¡No! ¡Suéltame!

Unos días más tarde, despertó en una cama de hospital, conectada a multitud de máquinas. La habitación estaba repleta de ramos de flores y tarjetas, pero la chica lloraba desconsolada. Aquello que más ansiaba en el mundo le había sido vetado, y ahora volvía a estar encadenada a una vida de sufrimiento sin su amado.



Imagen: https://images.app.goo.gl/PJZFCsuKPtkY4uWi9

Rapsodia



Las gotas de lluvia dolían como alfileres clavándose en su piel desnuda. No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo, corriendo sin respiro, pero notaba todo su cuerpo entumecido. Tras echar un nuevo vistazo a su espalda, hacia la desierta avenida cubierta por la neblina, lo descubrió.

A unos treinta metros de distancia, colgando de la fachada de un edificio lleno de pintadas, un letrero de luces rojas de neón marcaba la ubicación de su punto de destino: el bar “Neón”. Todo un alarde de originalidad. No había duda, ese era el lugar.

Cruzó los brazos sobre su pecho y apretó con fuerza, tratando de conservar el calor. Comenzó a avanzar hacia la puerta del local, iluminada por una titilante luz encastrada en el soportal. Un gato negro callejero lo vio pasar, con expresión extrañada. Si pudiera razonar, seguramente se preguntaría qué hacía un hombre como él, completamente desnudo, en medio de la calle abandonada.

Con una mano, empujó la puerta, que no llegó a abrirse por completo. Asomándose hacia el interior, descubrió que el cuerpo de un miembro de seguridad se interponía en su recorrido. Pasó por encima del cadáver y se apresuró a quitarle la ropa y vestirse con ella. También se quedó con su cinturón, del que colgaba una pistola de plasma.

Levantó la vista y observó a su alrededor, con una mano apoyada sobre la pistola en su costado. Aquello significaba que el local seguramente no estaría limpio. Avanzó hacia el interior, con extrema precaución, todos sus sentidos alerta. La vestimenta, de una talla bastante mayor que la suya, le entorpecía ligeramente el paso.

Descendió media docena de escalones hasta llegar a la zona principal del bar. Contra la pared, una barra de aspecto metálico se extendía de un lado a otro de la estancia. Tras ella, las botellas de licores se distribuían en varias baldas de cristal. Cogió una de ellas, abandonada sobre la barra, desenroscó el tapón con los dientes y bebió a morro su contenido. Sintió la quemazón del whisky descendiendo por su garganta pero, después de horas sin beber ni comer, al menos le calentó el cuerpo.

Un inesperado sonido le hizo soltar la botella. Desenfundó la pistola y deslizó el dedo por delante del gatillo. Apuntó hacia el frente y recorrió con el cañón una veintena de mesas, con varias sillas a su alrededor. Cerca de medio centenar de cuerpos yacían en el suelo, calcinados desde el interior, como los demás. No parecía haber rastro alguno de vida. Se aproximó a la gigantesca gramola del fondo. Alguien había reventado el cristal y el mecanismo había quedado al descubierto. Rozó con los dedos el botón del “play”, acariciándolo. Dando por hecho que no funcionaría, lo apretó.

El mecanismo se puso en marcha y un coro de voces electrónicas inundó el ambiente. “Is this real life? Is this just fantasy?” Asintió satisfecho con la cabeza y cerró los ojos. Se dio la vuelta y encaró el vacío local. Recordó todo lo que había sufrido durante los últimos meses. Las primeras oleadas de vandalismo descontrolado, frente a las que la policía se veía desbordada. Luego las manifestaciones multitudinarias, en una de las cuales lo detuvieron y lo encerraron en prisión. A partir de entonces, le habían dicho que todo había empeorado. El Gobierno, en un último intento por contener a los rebeldes, había esparcido el virus entre la población. La mayoría habían muerto por una imprevisible combustión espontánea, solo unas horas después del contagio. Otros no habían tenido esa suerte y habían sobrevivido, siendo condenados a una existencia inhumana.

Y luego estaba él. Lo habían arrancado de su vida por un crimen que no había cometido. Jamás había intentado sublevarse a la autoridad del Gobierno. Solo había pretendido hacer ver que era necesario adoptar medidas más serias si se quería evitar el futuro de descontrol hacia el que se dirigía la ciudad. Solo había querido ayudar.

“Mama, just killed a man”. No solo uno. Desde la fuga, eran muchas las vidas con las que se había visto obligado a acabar, tanto de los pocos humanos del Gobierno que seguían en pie y lo habían perseguido, tratando de atraparlo de nuevo, como de aquellos seres, carentes ya de rastro alguno de humanidad. Sentía ya su presencia, invadiendo el local. Abrió los ojos de nuevo y los vio, avanzando hacia él, arrastrándose por el suelo y por las paredes, manteniéndose siempre que podían entre las sombras. La música había captado su atención.

Se agachó y recogió la pata de madera de una silla, rota probablemente en algún enfrentamiento previo contra aquellos entes. Armado con esta y la pistola, dio un primer paso al frente. “If I’m not back again this time tomorrow”. No, sí lo estaría. No iba a permitir que su vida acabara así, después de todo lo que había luchado. No podía permitir que todos sus esfuerzos, que todos los sacrificios humanos fueran en vano. Debía impedir que aquella enfermedad se extendiera todavía más. Se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa y flexionó las rodillas, dispuesto a afrontar el reto del que, tal vez, no saliera con vida.

“Too late, my time has come” El primero lo atacó por un costado. A juzgar por su aspecto, en vida se había tratado de una mujer de figura hermosa, que entonces tenía la piel repleta de asquerosas pústulas y los ojos rojos como la sangre. Le apuntó a la cabeza con la pistola y disparó. Al entrar en contacto con su demacrada piel, la cápsula de plasma se expandió y estalló, reventándole el cráneo y desperdigando a su alrededor una mezcla de sangre y materia cerebral. Con el dorso de la mano, retiró la materia viscosa de su rostro y siguió avanzando.

Como a cámara lenta, al ritmo de la melodía, los demás engendros se abalanzaron sobre él. Se deslizó entre ellos, golpeando cráneos con la pieza de madera y descargando cartuchos de plasma en el interior de los cuerpos. Uno de ellos trató de retenerlo, apresarlo entre sus fuertes brazos, pero colocó la pistola a la altura de sus propios riñones, disparando hacia atrás por su costado y alcanzándolo en el vientre. Otro se aferró con fuerza a su pierna. Hizo girar en el aire la estaca, para apuntar hacia él con la parte astillada que había estado en contacto con el resto del mueble, y la impulsó con fuerza hacia abajo, atravesando la nuca del condenado hasta aflorar por la cuenca del ojo izquierdo, al otro lado. El solo de guitarra le recordaba que cada punto de su cuerpo le dolía. Su respiración se entrecortaba por el esfuerzo. No podía más, pero debía continuar. Pronto, suelo, paredes y techo del local se vieron impregnados de viscosos restos, mientras la coreografía lo llevaba a deslizarse bajo la mesa de la barra.

Varios seres saltaron en ese momento hacia él, impulsándose en las paredes. Siluetas atravesando el aire. El hombre bateó las botellas hacia ellos, provocando que los fragmentos de cristal se clavaran en su piel asquerosa, pero sin lograr detenerlos. Muchos otros se abalanzaron sobre el tablero metálico, acorralándolo. Los dedos de sus manos se arqueaban en ángulos imposibles y sus figuras se agazapaban sobre la superficie resbaladiza, prestas a saltar al menor despiste de su presa. Recorrió la barra de un lado a otro, golpeando y disparando sin descanso, pero sin hallar una vía de escape. Ahora sí estaba perdido. Era imposible que lograra salir de ahí. Por mucho que le costara reconocerlo, habían sido más listos que él. Habían sabido aprovechar su superioridad numérica para reducirlo como un indefenso cordero. Justo cuando la música se lanzaba hacia las alturas, próxima al clímax, se detuvo en el centro y descubrió algo bajo la mesa. Sonrió, con la euforia contenida de quien se sabe de pronto salvado. Dejó caer la pistola y la estaca y sujetó el mechero frente a él, justo cuando uno de ellos le mostraba amenazante la boca repleta de colmillos. Lo encendió y colocó detrás la boca de la manguera, conectada al depósito bajo la barra. “Beelzebub has a devil put aside for me”.

-¡Morid, pedazo de cabrones!

Dejó de comprimir la manguera y el soplo de butano se proyectó hacia el fuego, emitiendo una inmensa llamarada hacia el frente. Los engendros de la primera fila se retorcieron entre agónicos chillidos, sus cuerpos combustionando en apenas segundos. El hombre volvió a comprimir la manguera para evitar que la flama retornara hacia él. Los demás seres, sorprendidos por la inesperada defensa de su presa, pronto reaccionaron y se volvieron a lanzar contra él. Una nueva llamarada iluminó el local, convirtiéndolo en un auténtico infierno. Sucesivas olas de engendros se cernieron sobre el hombre, que dirigía alternativamente a un lado y a otro la intermitente fuente flamígera. La energía se extendía de nuevo a lo largo de todo su cuerpo a medida que veía los cuerpos de sus enemigos reducirse a cenizas. Se sentía pletórico, disfrutando de la masacre, como si aquel preciso instante fuera el momento que había estado esperando desde que había logrado escapar de la prisión.

Gracias a esta nueva arma y a la falta de capacidad de raciocinio en los seres, los demás no tardaron en caer. Pronto, los cuerpos tendidos en el suelo se vieron multiplicados, al menos, por tres. El hombre salió nuevamente de detrás de la barra y avanzó, esquivando como podía los restos carbonizados, hacia la superviviente gramola. Se apoyó sobre ella, recuperando el aliento y templando las emociones. Todo había terminado y, aún así, tenía la sensación de que solo acababa de comenzar. Unas últimas palabras, apenas susurradas, quedaron flotando en el aire.

Era cierto. Ya daba igual lo que ocurriera, ya no tenía nada que perder. Pulsó el botón de pausa y se dirigió a la salida, de nuevo a la calle. Aunque no había encontrado la supuesta cura que lo había guiado hasta aquel remoto bar, había comprendido algo. “Any way the wind blows”. A partir de entonces estaba solo, y solo el viento marcaría su destino.



Imagen: https://images.app.goo.gl/CgZ74CoK5C5GhtgK6 Nota: la imagen se corresponde con un fotograma de la película Colossal.

Verano del 96






Sujetando entre mis manos la fotografía enmarcada, puedo volver a sentir el suave hormigueo sobre mi piel, bronceándose al sol sobre la aterciopelada arena; la fresca brisa marina aliviando el inusual sofoco de los últimos días de agosto; el arrullador sonido de las voces a mi alrededor, de los niños moldeando como arquitectos la húmeda arena o saltando sobre las olas cual gráciles delfines.

Son muchas las ocasiones en que mi abatida mente regresa a aquel verano de 1996, una de las últimas vacaciones que pudimos disfrutar todos juntos, en familia, antes de que la madurez y los intereses de unos y otros nos forzaran a no poder pasar tanto tiempo juntos.

Y es que todos disfrutamos especialmente aquellas vacaciones. Mi padre, surcando la bahía a bordo de su velero; mi madre, dejándose llevar por su imaginación en las tardes de lectura, sentada en la mecedora del porche, asomado al acantilado; y mi hermana María, corriendo de aquí para allá con su grupo de amigas reunidas tras todo un año escolar separadas.

En cuanto a mí, siempre recordaré aquel verano por ser cuando conocí a mi primer amor: al menos si atendemos a lo que a mis por entonces catorce años entendía por amor.



Recuerdo el día en que conocí a Sophie. En mi mente tengo grabada su figura tumbada sobre una toalla en la arena, el floreado traje de baño ocultando las incipientes formas de mujer, su pelo rubio, largo y ondulado. Creo que, si cierro bien los ojos, puedo rememorar la primera y resplandeciente mirada cetrina que me dedicó, cuando accidentalmente aterricé en las inmediaciones de su zona de descanso en la orilla, inundando de molesta arena el paño extendido sobre el que se hallaba tumbada. Su cadenciosa voz, con aquel acento galo tan cautivador, me hizo saber que no tenía importancia, que con un simple baño en el agua cristalina pronto se desprendería de los restos de arena, invitándome a acompañarla en aquella zambullida espontánea.

Ahora que lo pienso, lo que no recuerdo con precisión es el motivo de aquel viaje. Tanto mis padres en el trabajo como María y yo en el colegio disfrutábamos por entonces de unas dos semanas en común de descanso así que, en cuanto mi padre regresó a casa tras la última jornada en la oficina, cargamos el coche familiar hasta el techo con toda clase de bártulos y nos pusimos en marcha. Circulamos hacia el este, cruzando el país, sin un punto de destino determinado y con el acompañamiento de aquel cd de un por entonces apenas conocido Ricky Martin, que una y otra vez repetía a  petición de mi hermana los caribeños ritmos de “María”. Decía que aquella era su canción, ignorante a sus seis años del auténtico significado de su letra.

Por causa del azar, topamos con aquella remota bahía en la provincia de Girona, enclavada entre sendos cabos rocosos. La visión de aquella estampa, con la infinita masa de agua turquesa extendiéndose hasta el horizonte y bañando en espumosas oleadas la costa de dorada arena, hizo que todos los ocupantes del vehículo soltáramos un suspiro, impacientes por sumergirnos en aquel remanso de serenidad.

Los siguientes días transcurrieron entre largos paseos por la orilla, dejando que el agua rozara nuestras pieles, purificándolas. Todas las mañanas, tras desayunar en la cautivadora cabaña de madera que por fortuna encontramos desocupada y dispuesta para ser alquilada, nos dirigíamos dando una larga y apacible caminata por el paseo marítimo de tablones hasta el pueblo, replegado hacia el interior en uno de los cabos. Allí visitábamos la panadería, donde el olor de masa madre recién cocida nos embargaba antes incluso de abrir la puerta del local, y la lonja, donde nos dejábamos llevar por el trajín del comercio y el regateo, mientras nuestras bolsas se iban colmando de suculentas piezas de pescado y marisco. De vuelta en la cala, pasábamos el resto de la mañana en un vaivén continuo entre la orilla arenosa y el ondeante mar, hasta que a mediodía mi madre nos avisaba de que la comida estaba lista.

Fue una de estas mañanas, la tercera o la cuarta desde nuestra llegada si mi memoria no me falla, cuando por casualidad conocí a Sophie. Aquella belleza francesa, apenas unos meses mayor que yo pero mucho más extrovertida, hizo que mi rutina cambiara de pronto. A partir de entonces, los paseos matutinos por la orilla tenían lugar con mi mano entrelazada a sus dedos y las entradas y salidas al agua tibia en su compañía la mayoría de las veces, aprovechando la ficticia privacidad entre ola y ola para robarnos mutuamente fugaces besos en los labios.

Todo me parecía perfecto. Incluso a mis padres, que a causa de la falta de secretismo de aquel pequeño paraíso terrenal habían descubierto mi idilio con Sophie esa primera tarde. Desde ese momento, Sophie, que se alojaba en la casa de su abuela, poco propensa a bajar hasta la playa a su parecer invadida por los turistas, aprovechaba cada momento del que disponía para acercarse a esta y reunirse con nosotros. A los pocos días pasó a convertirse en una más de la familia, participando en nuestros planes, en nuestras excursiones turísticas a las poblaciones vecinas. En estos días, me sentía el chico más feliz del mundo.

Particularmente, recuerdo una mañana en la que, sujeto al panel de anuncios de madera en la plaza del pueblo, apareció un cartel que anunciaba la proyección de una película esa misma noche. Sin pensarlo siquiera un momento, pedí permiso a mis padres para acudir a solas con Sophie, a lo que no pusieron objeción alguna. Me pasé el resto de la tarde nervioso, impaciente, tratando de ordenar mis sentimientos mientras me decantaba por el atuendo apropiado para esa nuestra primera cita oficial en público.

Antes de lo que había previsto, el atardecer llegó, ocultándose el astro rey tras la lejana Serra de Rodes, al oeste. Antes de marcharme, mi madre me atusó el pelo y me recolocó el cuello de la camisa. Mi padre, por su parte, me dio una animosa palmada sobre el hombro, como si la razón por la que me disponía a partir fuera el cumplimiento de la más trascendental de las misiones. María, desde su candidez, me pidió que le dijera hola a Sophie de su parte. Conmovido, me despedí de ella con un fuerte beso en la mejilla y puse rumbo al pueblo.

Cuando por fin vi a mi particular Julieta, quedé deslumbrado nuevamente por su belleza, como si fuera la primera vez que descubría aquel maravilloso tesoro. Se podría decir que resplandecía, enfundada en un vestido ibicenco impolutamente blanco, con una fina diadema sujetando su pelo alisado y una pulsera hecha con pequeñas conchas adornando su muñeca.

Por esta razón, cuando nos sentamos sobre la hierba frente a la gigantesca pantalla instalada en la plaza del ayuntamiento, no fui capaz de prestar atención por un solo segundo a la invasión alienígena que asolaba varias ciudades a lo largo del planeta, coincidiendo con las celebraciones del cuatro de julio, y que a partir de ese momento se proyectaba sobre la pantalla. “Independence Day”, creía haber leído en el cartel.

Mi mirada estaba atrapada por la magnética presencia de aquel ángel hecho doncella, que en un momento dado de la proyección se giró hacia mí y pronunció unas inesperadas palabras, sellándolas con un beso sobre mis labios: «Te quiero, Carlos».

Ahora comprendo que ni ella ni yo podíamos entender la auténtica trascendencia de pronunciar aquellas banalizadas palabras, pero entonces fueron para mí la señal de que nunca me separaría de ella, de que permaneceríamos para siempre unidos, como en aquella bahía, como en aquella playa, como en nuestro secreto escondite entre las olas.

Sin embargo, mucho antes de lo deseado, nuestro período vacacional llegó a su término y nos vimos obligados a volver a casa. El último día, pedí a mis padres que nos fuéramos a despedir de Sophie, que todavía tardaría unos días más en regresar a París con sus padres. Al llegar a la pequeña casita de campo en la que vivía con su abuela, nos bajamos todos del coche y nos despedimos entre conmovidos abrazos de la afable anciana y de la joya que tenía por nieta.

En el último instante, tratando inútilmente de ocultarnos de los demás, me situé cara a cara con Sophie y respondí a sus palabras, siendo consciente por primera vez en ese momento de que quizás nunca la volvería a ver: «Yo también te quiero, Sophie. Nunca te olvidaré». Ella me sonrió y nos fundimos en un último abrazo, comprensivo, que se alargó durante un lapso de tiempo tan largo que nos pareció corto, y en el que todo a nuestro alrededor se detuvo.

Cuando volvía hacia el coche, aún sin sentirme preparado para subirme a este y dejar atrás los mejores días de mi vida, mi padre tuvo una última idea. Rebuscó entre el equipaje encajado en el maletero y extrajo su cámara de fotos y el trípode. Lo instaló frente a la casa de la abuela de Sophie y nos colocó adecuadamente en el encuadre de la instantánea. Programó el temporizador y, corriendo, se vino a colocar con nosotros.

Ese fue el último instante que pasamos en aquel maravilloso enclave, en unas vacaciones que ninguno de nosotros olvidaría nunca y cuyo recuerdo resultaría trascendental a lo largo de nuestras vidas.




Hoy, justo dos décadas después de todo eso, contemplo entre mis manos la fotografía que no llegué a ver hasta días después de nuestra llegada de vuelta a casa, cuando mi padre reveló el carrete. Sobre los escalones de madera del porche, en la fachada delantera de la casa de Sophie, todos permanecemos estáticos, con la mirada fija en el objetivo de la cámara, mostrando la mejor de nuestras sonrisas. En realidad, no todos nosotros. Sophie, situada a mi lado y sujetándome de la mano, mantiene la mirada fija en mí, ofreciendo su costado a la cámara. Sin embargo, la instantánea llega a captar parcialmente su mirada, en la que se puede leer la tristeza por la despedida pero, al mismo tiempo también, la alegría y la satisfacción por todo lo vivido aquellos maravillosos días en la bahía.

Hoy, cuando se cumplen exactamente veinte años desde el día en que tomamos esta fotografía, observo con los ojos vidriosos, embargado por la nostalgia, la plomiza ciudad que bulle al otro lado del cristal de mi oficina. Deposito con cuidado el marco en una esquina del escritorio repleto de archivos y expedientes, y vuelvo a encadenarme a la rutina frente al ordenador, conservando en mi mente el recuerdo de aquellas vacaciones, como si todavía estuviera en la casa del acantilado, como si todavía paseara a diario sobre la arena húmeda, como si todavía pudiera sentir el sol y la brisa marina sobre mi piel, el sonido de las voces infantiles a mi alrededor, el tacto de la mano de Sophie enredada en la mía o el de sus labios besando los míos.

Como si todavía fuera el verano del noventa y seis.



Imagen: https://images.app.goo.gl/Yq71ENU9ULtPiTp68

Cruz de plata






—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida, hijo mío —contestó el cura, dando paso a la confesión de aquel pobre hombre, cuya voz al pronunciar aquellas rituales palabras denotaba una gran inquietud, probablemente debida a lo que se disponía a confesar.

Se encontraban en un confesionario situado en la nave lateral de una pequeña iglesia, de sencillo pero a la vez cautivador estilo, compuesta por una nave central y una lateral más pequeña, coronadas por unas arcadas que se extendían de un extremo al otro de la edificación, sosteniendo los altos techos, que hacían posible la existencia de grandes y coloridas vidrieras que durante el día bañaban de luz el interior de la capilla.

Pero en aquel momento era noche cerrada, una noche especialmente oscura, y si el penitente pudo distinguir algo en el interior de la iglesia fue gracias a las velas que el sacerdote, ya dispuesto a cerrar la iglesia y retirarse a dormir a la habitación que tenía alquilada en la pensión del pueblo, no había tenido tiempo de apagar debido a la repentina aparición de aquel hombre en el umbral de la puerta.

Gracias a esta luz, el confesado pudo distinguir las ocho o nueve filas de bancos que se extendían a lo largo de la nave central, así como el ábside situado al fondo de la misma, presidido por un altar de mármol de un blanco casi perfecto, y con los ornamentos tradicionales, necesarios para la celebración de la eucaristía. La luz de aquellas velas le permitió también reconocer a aquel que le escucharía en confesión, un clérigo de avanzada edad, cuyo rostro estaba surcado por multitud de arrugas, así como diversas manchas que le daban la apariencia de estar sufriendo algún tipo de enfermedad considerablemente grave, a pesar de que al penitente le constaba que el padre tenía una salud de hierro.

—Padre, ha de escucharme en confesión, pues temo que sea mi última oportunidad de purgar mis pecados.

La voz del confesado mostraba una profunda desesperación. El clérigo se sintió realmente preocupado por la posibilidad de que, en efecto, el hombre situado al otro lado de la rejilla del confesionario estuviera en grave peligro por algún motivo desconocido para él.

—Te escucho. —La respuesta del sacerdote se hizo esperar un momento, por lo que el confesado dedujo que había conseguido inquietarlo. Supo que le escucharía.

La confesión se desarrollaba en la única nave lateral del edificio, en un pequeño confesionario de madera de roble, cuyo barniz se había desgastado por el uso que de él habían hecho los fieles del pueblo durante los muchos años que allí llevaba.

—Padre, ¿me creería si le digo que tengo la sensación de que alguien… o algo, me ha estado vigilando desde que llegué al pueblo?

La pregunta gravitó en el aire durante unos segundos. Al no obtener respuesta, el confesado insistió.

—Padre, ¿sigue ahí dentro? 

Nada. Tampoco para esa pregunta se emitió respuesta alguna. El hombre, extrañado ante la falta de respuesta por parte del sacerdote, decidió levantarse del saliente de madera en el que estaba arrodillado, se situó frente a la puerta del confesionario, tomó aire para afrontar la reprimenda que seguro recibiría, y la abrió.

El confesionario estaba completamente vacío. Tan solo había transcurrido una veintena de segundos desde que el sacerdote había contestado por última vez, por lo que le pareció improbable que pudiera haber abandonado el confesionario, no habiendo escuchado él ruido alguno. Decidió acercarse a los bancos centrales, para poder echar un vistazo al altar, pero tampoco vio allí al cura, por lo que volvió al confesionario.

En el momento en que volvió a observar el interior de este, su mirada captó un objeto brillante. Se fijó en él y descubrió que sobre el asiento acolchado en el que se había sentado el clérigo para la confesión, se sostenía por sí sola en el aire una cruz de plata perfectamente reluciente, con el extremo más corto de la parte vertical hacia abajo, al contrario del símbolo del cristianismo.

El hombre, con una patente expresión de incertidumbre en el rostro, se tapó la boca con una mano, al tiempo que retrocedía con pequeños pasos, hasta que tropezó y se precipitó al suelo, entre dos bancos. Rápidamente, se impulsó en uno de ellos con una mano para levantarse mientras con la otra se santiguaba, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

Acto seguido, captó su atención un ligero destello proveniente del interior del confesionario, del mismo lugar en que se encontraba la cruz. Cautelosamente, se aproximó arrastrando los pies en silencio sobre las frías losas de piedra que componían el suelo de la iglesia, tratando de dar al mismo tiempo con cualquier explicación lógica para aquella extraña situación.

Cuando se encontraba a tan solo unos centímetros de la entrada al confesionario, percibió otro destello surgido del lugar en que se hallaba la cruz. Pero esta vez fue un destello más intenso, como el de una chispa que saltara debido al golpeo entre dos piedras.

El hombre decidió mantenerse a una distancia prudencial durante unos segundos, pero pasaron cerca de un minuto sin que sucediera nada más. Comenzó a pensar que todo había sido objeto de su imaginación, una simple ilusión provocada por el estado de ansiedad en el que se encontraba debido a los temores que le azotaban en ese momento y que no había tenido ocasión de confesar al clérigo. Al pensar en esto, se dio cuenta de que todavía no había averiguado qué le había sucedido a su confesor. Decidió acercarse a la nave central para echar otro vistazo al resto del edificio, así como a la sacristía anexa.

Pero en el mismo momento en que comenzaba a darse la vuelta para alejarse del confesionario, percibió cómo otro chispazo se producía en el interior, seguido de otro, y otro más. Cuando se quiso dar cuenta de que éstos tenían que tener algún significado, la cruz, todavía suspendida sobre el asiento, comenzó a arder. Las llamas rodearon los bordes de la pieza ornamental, sin llegar a desintegrarla como hubiera sido lógico, rozando la fría superficie de esta sin llegar a entrar en contacto con ella.

El hombre, sobresaltado por aquel repentino suceso, dio un paso atrás. Sin previo aviso, todas las velas que todavía no había apagado el clérigo antes de la llegada del penitente se apagaron sin que se notase ninguna corriente de aire. Se sorprendió de nuevo, pues no serían menos de cuarenta los cirios que habían permanecido encendidos hasta ese momento, y que súbitamente se acababan de extinguir.

Pero la mayor sorpresa vino justo después, cuando aquel hombre se recuperaba de la impresión. De pronto, todas las enormes vidrieras estallaron al unísono, provocando un insoportable estruendo y proyectando los restos de vidrio hacia el interior del edificio. El penitente corrió hacia la nave central, cubriéndose la cabeza con los brazos para protegerse de los coloridos fragmentos de cristal que le alcanzaban todo el cuerpo, como si de balas se tratase, y le provocaban pequeñas heridas en las zonas de su piel que llevaba descubiertas.

Una vez en el centro de la nave principal, continuó corriendo hacia la gran puerta de roble que comunicaba el edificio con el exterior, pretendiendo huir de aquellos inexplicables sucesos y así poder dirigirse al pueblo, cercano a aquel templo situado en lo alto de una pequeña loma, en el que había estado viviendo durante las últimas semanas desde que había llegado allí con la intención de recabar algo de información acerca de aquella comarca. Dicho pueblo se encontraba a un par de kilómetros, en las entrañas del profundo bosque que comenzaba unos metros por detrás del cementerio.

El hombre, que se había parado por un instante nada más salir al exterior para pensar qué debía hacer a continuación, tomó rumbo a la carrera hacia el cementerio, para atravesarlo y así llegar hasta el linde del bosque.

Tras saltar la pequeña verja de hierro que cerraba el camposanto, continuó su carrera esquivando las múltiples lápidas que marcaban los lugares de enterramiento, pero al solo contar con la tenue luz de la luna creciente para orientarse y ver por dónde iba, tropezó en dos ocasiones, aterrizando aparatosamente contra el suelo y provocándose así más heridas en los brazos y en el rostro, al estrellarse contra alguna piedra o alguna losa ligeramente levantada.

Cuando ya se aproximaba a la verja trasera del cementerio, que daba directamente al pequeño sendero que se internaba en el bosque, llamó su atención una de las esculturas de piedra que ornamentaban una tumba, situada contra la pared, en el suelo. Representaba a un pequeño ángel, con una aureola de oro sobre la cabeza, que portaba un libro en una de sus manos.

Pero lo que provocó que aquel hombre detuviese su frenética carrera fue lo que vio en la otra mano, alzada hacia el cielo. Entre sus pequeños dedos, el ángel sostenía una cruz también de oro, pero la sujetaba por su parte de menor longitud, presentando así la misma forma que la que se había encontrado en el interior del confesionario.

El hombre, conmocionado, desvió la mirada hacia la lápida de una de las tumbas más cercanas, donde descubrió que la cruz grabada que acompañaba al nombre y fecha de fallecimiento del que allí se encontraba enterrado también había sido grabada al revés del símbolo cristiano. Presa de un temor repentinamente acrecentado, aquel hombre revisó algunas de las lápidas cercanas, descubriendo para su sorpresa que en todas ellas se daba la misma anomalía.

Giró la cabeza hacia la iglesia, cuya fachada trasera se podía ver desde allí, y pudo vislumbrar las llamas saliendo por los huecos del campanario destinados a permitir el balanceo de la campana, así como por las ventanas que anteriormente habían albergado las vidrieras. Supuso que el fuego que había envuelto aquella cruz había alcanzado igualmente al confesionario y se había extendido al resto del edificio.

Aquello lo sacó del estado de shock en el que se encontraba y le recordó cuál era la razón que lo había llevado hasta ese punto: internarse en el bosque para buscar ayuda en el pueblo. Se dirigió hacia la verja trasera del cementerio y, cuando se disponía a saltarla, descubrió que no se encontraba cerrada. La abrió y salió sin prestarle más atención. Siguió corriendo hacia el bosque, adentrándose en él tras una decena de zancadas.

Una vez dentro del bosque, la oscuridad se hizo total, así que tuvo que reducir el ritmo de su carrera y seguir caminando a tientas. Por lo que pudo percibir a través del tacto, el sentido que más útil le resultaba dadas las circunstancias, el bosque estaba compuesto por árboles de anchos troncos muy cercanos entre sí, que provocaban que el follaje fuese tan denso que apenas se pudiera pasar entre ellos. En el suelo, las silvas se enganchaban a sus pantalones, ralentizando todavía más su avance.

Mediando más tropiezos, golpes y caídas, el hombre recorrió lo que le pareció una distancia suficiente como para estar ya cerca del pueblo. Apresuró lo que pudo el paso, aprovechando que el bosque ya no era tan frondoso a partir de aquel punto.

Unos pasos más adelante comenzó a vislumbrar algunas luces que supuso provendrían de las casas, en las que a esa hora las familias estarían reunidas en torno a sus mesas, cenando apaciblemente, mientras él se encontraba desamparado en medio de aquel bosque, a oscuras, intentando huir de sucesos a los que no conseguía encontrar explicación; cansado, además, pues llevaba ya un buen rato abriéndose paso entre la maleza, después de haber corrido para escapar de aquella infernal iglesia.

«Infernal»

El hombre se paró en seco, se apoyó en el tronco del primer árbol que dio localizado e intentó tomar aire para reponerse.

«¿Cómo no habría pensado en eso antes?»

La idea que cruzaba su mente en aquel momento le hizo comprender cuál podría ser la explicación a todo lo sucedido en la última hora: la desaparición del clérigo, la cruz en el confesionario, la explosión de las vidrieras, las cruces del cementerio… Todo, aquello podría explicarlo todo.

Sin embargo, comprender a qué se debía lo sucedido no lo tranquilizó más. De hecho, pensó que tal vez sería mejor no haber dado con aquella idea, pues superaba cualquier lógica y le producía un temor mayor que el de la ignorancia anterior.

«Ayuda, tengo que pedir ayuda» De nuevo, el hombre reemprendió la carrera, aprovechando el mínimo de fuerzas que había recuperado en la última parada, y continuó cruzando el tramo de bosque que le restaba. Cuando los árboles se espaciaron, revelando que se acercaba al enorme claro en el que se asentaba el pequeño pueblo de apenas una veintena de casas, el hombre aumentó todavía más el ritmo de su marcha.

Entonces sintió que algo no iba bien; sintió que no estaba solo, que alguien lo estaba siguiendo. Alguien, o mejor dicho… algo.

—Socorro… ¡por favor! —gritó el hombre mientras seguía corriendo desesperadamente, agotando el poco aire que le quedaba en los pulmones, con la esperanza de que algún vecino se encontrase en las calles del pueblo y le pudiera ayudar.

Aquello que lo perseguía se aproximó más en ese momento a su presa, aunque sin resultar visible para esta debido a la oscuridad reinante en el bosque. Sin embargo, el hombre sí que pudo sentir el temblor de la tierra provocado por los pasos de su perseguidor, así como su profunda respiración, como si este tuviera el tamaño de un oso o algún animal semejante. Sintió también el estruendo que provocaba el ser al chocar en su persecución contra los troncos de los árboles, que se quejaban con sonoros crujidos. Igualmente pudo percibir la velocidad que llevaba su perseguidor, que en apenas unos segundos le alcanzaría. Impulsado por el temor y la adrenalina, continuó aumentando el ritmo de su carrera hasta un punto que no se habría creído capaz de alcanzar en condiciones normales, mientras continuaba pidiendo a gritos auxilio.

Pero aquellas circunstancias no eran en absoluto normales, pues presentía que se estaba jugando la vida en esa carrera, lo que probablemente fuera la razón de que estuviese sacando fuerzas de donde era imposible que las hubiera.

Por fin, pudo distinguir el fin del bosque e intuir el camino que llevaba hasta el pueblo. Se dirigió hacia ese punto, pero en el último instante antes de abandonar al fin aquel bosque, tropezó con la raíz de algún árbol que había crecido por encima de la superficie del terreno y que le hizo perder el equilibrio y caer justo entre los dos últimos árboles que componían la espesura.

Aterrizó encima del último metro de camino de tierra proveniente del pueblo, que moría al internarse en la entrada del bosque. Levantó la cabeza y lo vio. Un hombre se acercaba por el camino, empujando una carretilla vacía, probablemente con la intención de llenarla de leña en algún punto cercano al borde del bosque, para alimentar con ella la chimenea de su hogar.

El hombre consiguió emitir un silbido desde el suelo, con el que llamó la atención del campesino, que dejó su carretilla apoyada en el camino y se apresuró en dirección al bosque. Al ver que por fin estaba a punto de encontrarse a salvo, después de toda esa pesadilla, se puso en pie y dio dos pasos hasta apoyarse en el último árbol antes del claro.

Pero en ese momento el campesino se paró en seco. Una expresión de terror incontrolable se apoderó de su rostro, que miraba hacia donde se encontraba aquel agotado hombre. Y en ese preciso instante también, el hombre notó un cálido aliento que le acarició el vello de la nuca, poniéndole toda la piel de gallina y provocando que un incontrolable escalofrío le recorriera todo el cuerpo. Pudo ver cómo el campesino, que lo observaba aún desde una docena de metros, huía despavorido en dirección al pueblo, dando la voz de alarma para alertar a sus habitantes.

En el momento en que perdió de vista al labriego, sintió una ligera punzada en el medio de la espalda, como si le hubieran puesto una inyección, y tuvo la tentación de darse la vuelta para ver por fin a su perseguidor. El temor a que se confirmasen sus sospechas era tal que no lo hizo. Entonces, aquella punzada se convirtió en un dolor progresivamente más intenso. Comenzó a sentir cómo su perseguidor le perforaba la piel de la espalda, a la altura de los riñones, con alguna clase de objeto punzante, pero lo bastante grueso como para estarle provocando tan intenso dolor, y lo introducía lentamente en su cuerpo, provocando que la agonía fuese todavía mayor debido a los lentos desgarros de los músculos y tendones que se encontraba a su paso. Sin embargo, la adrenalina que en aquel momento recorría su cuerpo le impedía ser plenamente consciente del dolor que realmente sentía, por lo que resistió la tentación de volverse en todo momento.

Esta fue la razón por la que aquel hombre no llegó a ver aquello que lo había estado persiguiendo desde que había escapado de aquella pequeña iglesia dejada de la mano de Dios; aquello que lo había estado vigilando desde que había llegado por primera vez a aquel pueblo, que no le había dado la oportunidad de alcanzar para salvar su vida; aquello que iba a acabar con su vida, con el simple propósito de que su secreto no fuese revelado a los demás vecinos, pues aquel habría sido el fin de su existencia.

Ni siquiera tuvo aquel hombre el menor atisbo de esperanza cuando vio a lo lejos un nutrido grupo de campesinos que se aproximaban a la carrera desde el pueblo, armados con toda clase de aperos de labranza y antorchas, ya que sabía que aquel era su fin, que no volvería a ver la luz del día. Su perseguidor había sido más rápido que él.

Finalmente, aquello que le había clavado en su cuerpo alcanzó el otro extremo, aflorando a la altura de los pulmones. Pero el hombre no llegó a descubrir de qué se trataba, pues en ese preciso instante se esfumó la última gota de energía que le quedaba en el cuerpo y perdió el conocimiento.

El perseguidor emitió un ronco gruñido y retiró el objeto de dentro del cuerpo de su presa, que se desplomó en el suelo de tierra y se internó de nuevo en el bosque, antes de que el grupo de campesinos llegase hasta allí para darle caza.

Una vez hubo desaparecido, los aldeanos alcanzaron al hombre abatido y lo rodearon entre murmullos y expresiones de terror, al ver aquel cuerpo en el suelo, boca arriba, con una perforación en el pecho por la que podría caber el brazo de un hombre adulto y con una expresión de satisfacción en el rostro por haber abandonado este mundo sabiendo la verdad.

Pero lo más inquietante de aquella escena fue lo que encontraron en su mano, en el extremo de su brazo extendido sobre el camino…

Una cruz invertida de plata en llamas.



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